La secuencia visual de la tira gráfica no documenta únicamente el montaje técnico de una exposición. El comic registra, sobre todo, una forma de trabajo intelectual convertida en práctica material, en dos momentos relativamente alejados en el tiempo.
EL MONTAJE DE “FALS BORDA” EN BARRANQUILLA, 2011 La exposición sobre Fals Borda que se instaló en el año 2011 en Barranquilla aparece aquí como un dispositivo de memoria construido colectivamente, donde diseño, investigación, pedagogía y trabajo manual se funden en una misma acción.
En las imágenes se observa un desplazamiento muy significativo: el pensamiento deja de estar contenido exclusivamente en libros o textos académicos y pasa a ocupar físicamente el espacio universitario. El suelo intervenido con palabras cruzadas, las estructuras de madera en construcción, los paneles tipográficos y las fotografías históricas convierten la arquitectura de la universidad en un campo de lectura expandida. La exposición no “ilustra” una teoría; más bien traduce un pensamiento crítico en experiencia espacial. En conexión directa con la tradición metodológica de Fals Borda: el conocimiento no aparece como producto aislado del experto, sino como praxis situada, colaborativa y territorial.
Hay también una dimensión profundamente política en el montaje. El hecho de que el proceso de instalación sea visible —personas pegando vinilos, martillando estructuras, alineando paneles— rompe con la ilusión museográfica de neutralidad o acabado perfecto. La exposición se presenta como trabajo, como construcción colectiva y como acto de mediación. Por ejemplo, en la fotografía donde señalo el mapa de la costa Caribe resulta especialmente potente porque articula cuerpo, territorio y memoria. No es solo un retrato; funciona casi como una escena de “cartografía encarnada”.
El gesto de señalar Barranquilla convierte el mapa en una narración viva: el investigador-museógrafo no está fuera del territorio que estudia, sino implicado en él. Casi se podría afirmar que, en términos visuales, el cuerpo actúa como mediador entre la geografía y el relato histórico.
La intervención tipográfica sobre el piso también posee una lectura simbólica fuerte. Las palabras cruzadas recuerdan simultáneamente archivos, redes y tramas sociales. No parecen simples elementos decorativos; evocan la idea de que el conocimiento crítico se construye conectando conceptos, memorias y actores. La gente que trabaja arrodillada sobre el suelo refuerza incluso una ética del montaje: pensar exige literalmente “poner el cuerpo”.
Otro elemento importante es la temporalidad que la serie captura. Las imágenes muestran la exposición antes de concluirse. Ese “inacabamiento” le da un carácter procesual. La memoria aparece aquí no como monumento cerrado, sino como algo en permanente ensamblaje. Podría decirse que estas fotografías documentan la supervivencia de un pensamiento a través de gestos, materiales y relaciones humanas más que mediante objetos estáticos.
Asimismo, la escala espacial es reveladora. Los paneles verticales, el gran nombre “FALS” en el suelo y la ocupación total del hall universitario producen una museografía inmersiva. El visitante no observa la exposición desde fuera: entra dentro de una constelación visual y política. La exposición transforma el tránsito cotidiano universitario en experiencia crítica.
Finalmente, las imágenes transmiten algo afectivo: entusiasmo, cuidado y compromiso. No muestran únicamente una producción museográfica eficiente, sino una comunidad temporal reunida alrededor de una idea compartida. Por eso el montaje parece operar en dos niveles simultáneos: como exposición histórica sobre Fals Borda y como actualización práctica de su legado metodológico. La propia forma de hacer la exposición termina encarnando el tipo de conocimiento colectivo y comprometido que él defendía.
EL MONTAJE DE FALS BORDA EN EL SALTO TEQUENDAMA, 2026
Dieciséis años después, la exposición “Fals Borda, academia y compromiso” se instalaba, el Primero de mayo de 2026, en la Casa Museo del Salto Tequendama.
El montaje de la exposición sobre Orlando Fals Borda en la Casa Museo del Salto del Tequendama revela una comprensión contemporánea de la museología como práctica activa, colaborativa y procesual. Más allá de mostrar el resultado final de una exposición, la historieta documenta el trabajo previo como parte integral de la experiencia patrimonial, enfatizando que el museo no es únicamente un lugar de contemplación, sino también un espacio de construcción colectiva de memoria y conocimiento.
Desde las primeras viñetas, donde el equipo llega con entusiasmo al salón, se plantea una dimensión afectiva de la práctica museológica. El café, la conversación y la observación inicial del espacio sugieren que el trabajo patrimonial comienza con vínculos humanos, disposición emocional y sensibilidad frente al lugar. La museología aparece así no solo como disciplina técnica, sino como experiencia social que involucra imaginación, diálogo y apropiación compartida del entorno.
La fase de planeación, en la que el grupo recorre el espacio, imagina recorridos y organiza la disposición de los paneles, muestra la importancia del diseño narrativo en la gestión del patrimonio. Cada decisión espacial implica una forma de contar la historia de Fals Borda y de orientar la experiencia del visitante. Esto pone en evidencia que toda exposición constituye una mediación interpretativa, donde el conocimiento académico se traduce en dispositivos visuales y pedagógicos accesibles al público.
Las escenas de medición, marcación y preparación material destacan la dimensión técnica de la museografía. El montaje requiere precisión, cálculo y cuidado, recordando que la producción de memoria pública también depende de labores concretas, muchas veces invisibilizadas. La exposición emerge así como el resultado de una articulación entre teoría crítica y trabajo manual, donde el patrimonio se materializa a través de operaciones espaciales y logísticas.
El carácter colectivo del proceso resulta central. La participación de estudiantes, docentes y colaboradores en tareas diversas evidencia una pedagogía horizontal y cooperativa. La Maestría en Museología y Gestión del Patrimonio se presenta como un espacio de formación donde el aprendizaje ocurre en la práctica, mediante la resolución conjunta de desafíos curatoriales y museográficos. Esta lógica refleja una museología entendida como campo interdisciplinario y participativo.
La elección de Fals Borda como figura central refuerza esta lectura, pues su legado de investigación-acción participativa parece replicarse en el propio método del montaje. No se trata únicamente de exponer sus ideas, sino de activar sus principios mediante un proceso donde conocimiento y acción se entrelazan. La exposición, en este sentido, funciona como ejercicio metodológico coherente con el pensamiento del autor, integrando reflexión social, pedagogía crítica y participación.
El uso del formato de cómic o narrativa gráfica democratiza además la representación del trabajo museológico. Al convertir el proceso de montaje en relato visual, se humaniza una labor frecuentemente percibida como exclusivamente técnica o institucional. La historieta permite reconocer emociones, esfuerzos y relaciones, acercando al público a la dimensión cotidiana y colaborativa de la producción museal.
La Casa Museo del Salto Tequendama aparece aquí como laboratorio patrimonial dinámico, capaz de albergar nuevas narrativas y resignificaciones históricas. El espacio museal no se limita a preservar el pasado, sino que se transforma temporalmente para dialogar con problemáticas sociales, intelectuales y políticas contemporáneas.
En conjunto, el montaje representa una visión expandida de la museología: una práctica que combina investigación, diseño, trabajo técnico, mediación educativa y compromiso social. La exposición sobre Fals Borda no solo comunica contenidos históricos, sino que encarna una forma de hacer patrimonio basada en la colaboración, la reflexión crítica y la transformación social. Así, el proceso mismo de montaje se convierte en testimonio de cómo la museología puede producir memoria viva y generar experiencias significativas para comunidades académicas y públicas.






El texto también puede leerse desde la noción de supervivencia de las imágenes desarrollada por Aby Warburg y retomada por Georges Didi-Huberman. Las imágenes del montaje de 2011 reaparecen en diálogo con las de 2026, no como una repetición idéntica, sino como la persistencia de ciertos gestos: señalar un territorio, trabajar colectivamente, transformar un espacio mediante el montaje, aprender haciendo. Lo que sobrevive no es únicamente una exposición sobre Fals Borda, sino una determinada forma de entender la relación entre conocimiento, territorio y acción colectiva. El texto sugiere que el legado de Fals Borda no reside exclusivamente en sus escritos, sino en prácticas que continúan actualizándose en contextos distintos.
ResponEliminaDesde una perspectiva museológica, el argumento más profundo del texto es que el museo no debe entenderse como un contenedor de objetos, sino como una infraestructura de relaciones. Las personas, los afectos, los saberes, los cuerpos y los espacios participan conjuntamente en la producción de memoria. Por ello, las fotografías y la historieta documentan mucho más que el montaje de dos exposiciones: registran la formación temporal de una comunidad de práctica que se reúne alrededor de una idea compartida y que, al hacerlo, reactiva una determinada concepción del patrimonio y de la acción cultural.